jueves, mayo 17, 2007

Otra más del baúl de los recuerdos....

Los Seguidores del Tiempo
“Saturno devorando a sus hijos” (Goya)



-Mira la ciudad, Sollán,- dijo el Custodio con voz tranquila –puede que sea la última vez que la veas tal y como está.
El muchacho así lo hizo. Pasó la mirada sobre las cúpulas y las torres, dejando que su mente se deslizara entre las brumas de la hermosa Asua, la Ciudad de la Nubes. ¡Cuántas otras veces había imaginado que los edificios volaban por los cielos en vez de estar atados a la dura piedra de un profundo valle! Pero la época de los sueños había acabado, como indicaban las columnas de humo que se extendían por el horizonte. La nueva realidad, forjada a base de sangre y sufrimiento, no dejaba sitio nada más que para la locura, el dolor y la añoranza. Sollán se apartó violentamente de la ventana, sintiendo la ira ciega que bullía en su interior.
No pudo contener la lengua cuando las palabras acudieron a su boca.
-¡Malditos cerdos pirómanos!, ojalá se cansen de quemar madera y empiecen a utilizarse a sí mismos como combustible.- soltó sin poder evitarlo, la imagen de su tierra arrasada resultaba más nítida que la estancia en la que estaba, que la persona sentada a su lado. - ¡Qué mueran todos! ¡Qué sufran, qué paguen! Tarde o temprano habrá que pasar cuenta y entonces no podrán escapar, sólo espero estar presente cuando ocurra- descargó parte del peso que la frustración había dejado en su alma, aunque seguía impotente, sin poder hacer nada, encerrado en la capital, esperando. Segundos más tarde palidecía sin remedio y se maldecía en silencio. ¿Cómo se había permitido decir tales cosas delante del Custodio de las Ocho Celdas? Ese hombre, aunque no ejercía ningún cargo en el gobierno, era uno de los Seguidores del Tiempo más poderosos y, por tanto, una de las personas más temidas y respetadas de todo el mundo.
- Quiero decir que ojalá vuelvan en sus cabales y todo sea otra vez como antes, maestro- intentó rectificar el joven en un vano intento por salvar la vida.
-No tienes que disimular conmigo.- le tranquilizó el anciano – Que mi hijo sea el cabecilla de esos renegados no quita que todo sea mejor cuando sus cuerpos descansen bajo varias capas de tierra. Y pensar que de entre todas las órdenes menores el Fuego era la que mejor servía al Tiempo, manteniendo el orden en todas las provincias… - aunque no había perdido su habitual serenidad, su voz tenía un deje de amargura -Nunca debí dejar que esa alma descarriada entrara a formar parte de la orden del Fuego, -recordaba los primeros pasos de su hijo, llenos de energía, vitalidad y una peligrosa habilidad para manipular la voluntad de los otros. No había adivinado el peligro que esto entrañaba, sólo podía ver una actitud infantil cuando, siendo un iniciado, quemaba, junto a sus “afiliados”, las pertenencias de sus maestros más estrictos que no admitían su falta de respeto y consideración hacia sus compañeros más débiles. Esto fue degenerando poco a poco en una pequeña sociedad de estudiantes con ganas de dañar a sus semejantes, reunidos en torno a ese desnaturalizado, todos ellos con inmunidad ante sus educadores, los cuales temían la fuerza que estaban amasando estos jóvenes- contagiando a sus compañeros con sus estúpidos ideales de fama y poder. Hubiese sido mejor quedarme sin descendencia, incluso si lo hubiese devorado me sentiría menos culpable…
Sus últimas palabras quedaron ahogadas por el sonido de las campanas, un sonido que ningún habitante de Asua había oído antes. Un escalofrío recorrió la espalda de Sollán cuando pensó en lo que ello significaba: el enemigo, tras años de saqueos y guerrillas, había llegado a la capital mucho más fuerte de lo que nadie había imaginado jamás. El antiguo imperio iba a dejar paso a un régimen duro y cruel, donde, y eso era lo que más temía, cualquiera podría quedar reducido a cenizas para deleite del Señor de la Llama.
-¡Venga muchacho!,- dijo el sabio Custodio adivinando los oscuros pensamientos que albergaba el interior de Sollán –no todo está perdido aún. Recuerda que hace siglos que gobernamos los Eternos, los Seguidores del Tiempo. No creas que estamos tan indefensos.


La Sala de las Eras que Fueron y Serán estaba abarrotada de gente. Los Eternos se habían reunido para decidir cual sería la mejor forma de enfrentarse al ejército que amenazaba con destruirlo todo. A este consejo de guerra también acudieron los representantes de las demás órdenes menores (salvo la del Fuego, cuyos miembros estarían discutiendo por las mejores partes del botín), unos cuantos sabios no adiestrados en ningún arte y por último los aprendices más aventajados, entre los cuales se encontraba Sollán.
La reunión fue larga y poco provechosa. Cuando todos los esfuerzos resultaron ser meros intentos de alejar la muerte y toda esperanza de victoria se desvaneció, en definitiva, cuando todos se dieron cuenta de que el fin llegaba rápida, pero no inesperadamente, habló Saturno, Custodio de las Ocho Celdas.
-Tenemos que dejar que el Tiempo actúe- su propuesta fue recibida con alguna exclamación de sorpresa – Sabéis que es la única forma de evitar que todo sea consumido por los fuegos que arrastra mi hijo Júpiter.
Tras unos segundos de absoluto silencio, los Eternos comenzaron a situarse en un lugar tiempo atrás decidido. Sus rostros, llenos de la más fiera determinación, rivalizaban con el desconcierto de los otros asistentes.
Sollán temblaba de miedo. A diferencia de los que no servían al Tiempo, él sabía perfectamente lo que iba a ocurrir, y no le gustaba nada. Dentro de unos minutos, terminado el canto, todo cambiaría, como si hubiesen pasado milenios: las ciudades desaparecerían, las personas se convertirían en polvo, nuevas montañas surgirían, mientras que las más viejas sufrirían el desgaste de los años... Él no quería acabar así, pero no había nada que pudiera hacer, era demasiado joven y, además no tenía nada útil, salvo… Empezó a ver con otros ojos el báculo de su maestro, que de algún modo había acabado en sus manos durante el concilio.
Hasta entonces no había significado para él nada más que una pesada carga que debía llevar a donde el hechicero le ordenara. Pero ahora representaba su única oportunidad, aunque bastante pobre, de salvación. Pocos eran, si es que existían, los que habían logrado llevar a cabo lo que él se proponía, y tenían mucha más experiencia en el Arte de la que podía tener un aprendiz. De todas formas, no tenía elección.
Aferró con fuerza el bastón mientras modelaba las corrientes de la magia, de un modo simple y tosco, pero correcto. Fue la desesperación la que hablaba por su boca, la que guiaba sus movimientos, la que decidió su destino, con una familiar voz de mujer, fue ella la que consiguió que un inexperto muchacho superara la barrera que los mayores archimalos consideraban infranqueable.



Abrir los ojos fue un milagro para Sollán, que se creía muerto. Cuando terminó de felicitarse por su buena suerte, se fijó en la habitación donde se encontraba. Era poco más que cuatro paredes de barro y un techo de paja. El muchacho se dio cuenta de que, aparte de la cama en la que se encontraba, solo había un mueble en la estancia: un viejo arcón de madera. Por último centro su atención en el hombre que lo observaba con un mal disimulado interés. Su sucio aspecto y su mirada ansiosa habrían bastado para que Sollán se alejara de ahí, pero no le quedaban fuerzas. Se quedó tendido en la cama esperando a que su salvador, no había duda de que le había estado cuidando mientras permaneció sin sentido, hablara mientras recuperaba el aliento.
-¿Quién eres? ¿De dónde vienes, extranjero?- todo esto fue pronunciado en un idioma que Sollán jamás había oído antes, pero que, gracias a las Enseñanzas, pudo entender sin problemas
-Soy Sollán, de la Ciudad de las Nubes- respondió en la misma lengua. Todavía le costaba un poco mantenerse consciente, con el único objetivo de averiguar una cosa-¿Sabes qué ocurrió con los Eternos?
-¿Los Eternos?, jamás los oí nombrar- contestó extrañado.
-Entonces Júpiter acabó imponiéndose…-dijo para sí mismo Seomán. Pero reconoció enseguida lo erróneo de sus pensamiento. La última escena en la Sala de las Eras que Fueron y Serán danzaba ante sus ojos, revelándole lo que había pasado: los Seguidores del Tiempo habían logrado evitar la victoria del Fuego, pero a la vez habían destruido todo.
De alguna forma el viaje temporal de Sollán se había alargado unos cuantos miles de años más hacia el futuro de lo que él había creído posible. Esta certeza acabó con el entumecimiento, el cansancio y el abotargamiento. Se movió para comprobar el estado de todo su cuerpo, cerciorándose de que no había nada roto. Su mente también se movía, rememorando sus últimas horas en Asua, a la que jamás podría volver.
– Saturno, viejo zorro, nadie conoce el Tiempo como tú -comentó para si mismo en voz alta– Sin embargo, debiste comerte a tu hijo en vez de dejarle que destruyese todo por lo que luchabas- tras estas palabras Sollán se permitió que una espeluznante risa brotara de sus labios. Se sentía tan feliz y a la vez tan triste. ¡Había sobrevivido contra todo pronóstico!, pero todo lo que conocía había muerto y desaparecido para siempre. Estaba en una época completamente distinta, y había tanto por descubrir que no podía dejar de pensar en ello, del mismo modo que tampoco podía dejar de pensar en todo lo que había aprendido en un lugar y un tiempo que ya no tenían cabida. Familia, amigos, maestros… ¿algún día podría volver a pronunciar estas palabras? Respiró hondo y encerró todos sus recuerdos en la parte más alejada de su mente, el pinchazo que estos le producían amenazaba con conducirlo a la locura. Lo mejor era aferrarse a la existencia, a ese instinto de conservación que le instaba recuperarse, a comenzar otra vez de cero, a no rendirse.
-¿Dónde se encuentra la ciudad más cercana?- preguntó en lo que pretendía ser un tono entusiasmado, como hubiera hecho en otras circunstancias. El torbellino de su interior le impedía ver lo que ocurría a su alrededor. La confusión, el espanto y la repugnancia que sus frases habían causado en su compañero pasaron inadvertidas. Poco le importaban ese hombre y el pueblucho en el que vivía, allí no encontraría nada interesante con lo que alejar su realidad, no hallaría las respuestas. Necesitaba algún centro importante, como una ciudad, donde podría encontrar una biblioteca, un ayuntamiento, un auditorio o lo que quiera que tuviesen como posible fuente de información y conocimientos.
Aunque todo había terminado el debía continuar, intentar olvidar y rehacer su vida. Sólo por la noche, en los instantes previos al sueño, cuando todo está silencioso y las sombras dominan la tierra lloraría de pesar, de rabia, de ira, de soledad, acosado por el remordimiento, el odio y la pena. Cuando las barreras del ahora se desvaneciesen volverían a su cabeza las imágenes de un glorioso y maravilloso pasado, su pasado, y con ellas el dolor que durante el día el sol le prohibía dejar salir.
- A tres días de camino hacia el este se encuentra Roma – balbuceó el hombre de un modo casi automático. Sollán asintió después de oír la respuesta y se incorporó con gran esfuerzo. Agarrando su única pertenencia, el báculo, y se encaminó fuera de la casa con sus escasa energías renovadas, sin despedirse, sin dar las gracias, dejando simplemente que sus enigmáticas palabras revolotearan en la cabeza del hombre, obligándolo a meditar sobre su significado.

Ese mensajero de los dioses, pues quién sino los dioses vivían eternamente en ciudades construidas en las nubes, le había desvelado cosas con las que otros no podían ni imaginar. Pensó en ese gran ser, Saturno, que controlaba el tiempo y devoraba a sus hijos, y se alegró de que Júpiter lo hubiese destronado. Durante unos segundos se lo imaginó mientras se comía a uno de sus hijos: esa boca desmesuradamente grande, en torno al cuerpo casi mutilado de un crío; la silueta, vieja y decrépita, encogida en una posición posesiva alrededor de su alimento; los ojos, desenfocado e hinchados como los de un loco, girando en todas direcciones, buscando sin éxito algo que saciara un hambre, mucho más profunda que la de los simples mortales, insaciable, inmensurable. Durante un momento noto esa mirada sobre su persona y deseo con todas sus fuerzas que ese titán no saliera jamás de las mazmorras en las que, debido a sus atroces crímenes, debía estar encerrado hasta el final de los días.

martes, mayo 15, 2007

Is it ok to be myself?

Body crumbles -Dry Cell

Un paso tras otro cruzando la corriente, atravesando la calle. Hacia cualquier otro sitio, sabiendo que no puedo llegar... Desvaríos, simplemente me dirijo a mi casa. Como cada día. Como siempre. Las mismas caras sin rostro. Los mismos ruidos anónimos. Mi caminar pesado y mi vista vacía, resultados de una conciencia que ha huido de su origen. Ausencia es lo que mejor lo define: perder la noción de lugar , abandonar el cuerpo a su cuidado y perderse en la nada, en los vacíos del tiempo. Dejar de ser para esconderse en el todo...

Guess it's been too long since the last time that I tried to fly
¿Volar? Es imposible para un cuerpo con huesos macizos. Es pura física: todo lo que sube tiene que caer, y si no hay nada que frene el descenso el golpe es curioso. ¿Qué necesidad hay de intentarlo de nuevo? No se gana nada. Ya no queda tiempo para perderlo en distracciones sin objetivo. ¡He de forjar mi futuro ahora! O al menos eso dicen, pero es que es tan pesado... ¿Tendrá verdaderamente compensación?

Know if I don't question and I never doubt, everything is gonna be okay
Todo recto, sin vovlverse... eso es lo que hay que hacer para estar bien. ¿Quién quiere estar bien entonces? No, nada de dudas, fuera las preguntas ¿Pero... ¿Y si... ¿Por qué...

Demasiado tarde. La llave no parece coincidir con la cerradura. Es hora de seguir. Ahora sólo falta subir unas escaleras para llegar. Para comer. Para estudiar. Para dormir.

Inside my body crumbles

(Esto es lo que pasa cuando la minitelevisiones del metro no funcionan, que es siempre. Si es que la linea diez puede hacerse muy larga xD)


Cuento de Lengua

Porque me siento estúpidamente orgullosa de que esta historia ganase un simple concurso. Y más importante, para ver como queda la primera entrada del blog ^^

Canciones para dormir a los muertos
(Giovanna Tornabuoni)

Erguida y tensa, con el rostro cubierto por el oscuro velo, Giovanna miraba sin ver la triste escena que se desarrollaba ante ella. Sostenía un arrugado y destrozado papel, cuyo mensaje bailaba en su mente y ardía en su corazón, alimentando la llama que la mantenía con vida y desgarrando con su fuego un alma cansada de caminar. Palabras del hombre que la amaba. Palabras de un desconocido. Pero sobretodo, palabras de un asesino.
Los ojos de todos los presentes estaban fijos en una única figura. La viuda del difunto conde seguía de pie al lado de la tumba del que otrora fuera su marido, a pesar de que la ceremonia había terminado hacía tiempo. Muchos eran los que, entre susurros, se quejaban de su tardanza, pero las estrictas normas de cortesía les impedían abandonar el recinto antes que ella. Tampoco nadie se atrevía a decirle nada, pues temían la respuesta de sus labios, que, a pesar de la negra tela del luto, se adivinaban tensos y crispados. El ronco ladrido de un perro en la lejanía pareció sacarla de sus lúgubres pensamientos o, simplemente, su propia mente decidió volver a la realidad. Lo único que les importaba a los invitados era que, con su caminar, un tanto lento y vacilante, hacia el carruaje, ellos podían regresar a sus respectivas casas para disfrutar de los placeres que un entierro les negaba.
Giovanna no oyó las risas que en el pasado la hubieran molestado. Ni siquiera escuchó las condolencias de aquellos que se acercaban a ella. Mientras caminaba hacia su coche sólo percibía la presa que se iba cerrando entorno a ella, más oscura y amenazante que nunca. Toda persona era un enemigo, todo sonido una amenaza, únicamente el carruaje parecía un lugar neutral, sin llegar a ser un refugio seguro. No podía evitar preguntarse quién, de entre toda esa marea de rostros, era el culpable, el que la había estado engañando durante los años que duró la guerra. ¿Quién sabía tanto de ella como para cautivarla con sus palabras? ¿Quién era capaz de guiarla bordeando los senderos de la locura? ¿Quién se había acercado al insigne conde durante el fragor de la batalla para asestarle la puñalada final? ¿Quién era él que la observaba, él que medía sus pasos, él que la seguía como un cazador experimentado?
Una sacudida le indicó que ya había llegado a su residencia. ¿Había recorrido todo el camino en tan poco tiempo? A ella al menos le parecía imposible.
Podía recordar cómo unos cuantos años atrás, en ese mismo portal, había leído sorprendida una carta anónima, que, debido a su contenido, no podría ser más que de su marido. Rió amargamente. “Los ojos están ciegos a las evidencias cuando el corazón no quiere creerlas” pensó al darse cuenta que acaba de comprender y aceptar el significado de esa sentencia en su totalidad. ¡Qué necia había sido! El hombre con el que se había casado vivía para la riqueza y la guerra, no contemplaba la idea de que su mujer pudiera necesitar algo más que ropas, comida, casa y alguna visita de tanto en tanto. Y sin embargo ella se permitió soñar durante un tiempo que tenía una idea equivocada de él, que esa fachada de hombre frío y distante no era más que un disfraz, una imagen. Pero no era más que eso, un sueño, y como ocurre con todos los sueños estaba condenado a terminar tan pronto como despertase.
La puerta estaba cuidadosamente cerrada. Sobre ella se había colgado un sobre de fina seda, con un único nombre como reseña.
- Alfred… No es necesario que esperes por más tiempo. Puedes marcharte ya.
- Pero, señora…
- No, no te preocupes. –atajó rápidamente- Ha sido un día largo y duro para todos. Sólo quiero…-no parecía segura de que debía contestar- descansar. Sí, descansar por fin.
- Espere,-dijo dándose cuenta de las vacilaciones de su ama- no está bien que…
Sus últimas palabras no fueron oídas más que por la madera que protegía la entrada al pequeño palacete. Debía enfrentarse sola a lo que la esperase.
Una vez dentro, Giovanna se abandonó a la más honda desesperación. Sus piernas no pudieron sostenerla por más tiempo y allí, tendida sobre el suelo de mármol, abrió el sobre. Las manos le temblaban mientras leía la misiva: Volveremos a estar juntos, ya nada nos separa. No era la primera vez que se encontraba con esas palabras.
Cuando los castillos que tanto le había costado construir se derrumbaron, el sol iluminaba con elegancia el jardín y todo lo que en el se encontraba. La noticia de la muerte de su esposo había sumido el lugar en un profundo silencio, por lo que el grito que arranco de su garganta desgarró sin resistencia alguna la atmósfera de tranquilidad en la que el mundo reposaba. Su puño cerrado sujetaba una carta, la última carta anónima. Descubierta la trampa a la que tan mansamente se había dejado conducir, las floridas frases tomaron un cariz peligroso. Las promesas se convirtieron en amenazas. Las súplicas en órdenes. Los recuerdos en sufridos lamentos.
Otra vez recordaba esas palabras. Otra vez pudo sentir como se abrasaba por dentro. Pero esta vez no había nada que detuviese su caída; la determinación, la rabia y la entereza habían desaparecido con las luces del exterior. Las lágrimas, símbolo de la derrota del cuerpo ante el corazón, adornaban el suelo.
Pasos a su espalda. Un ligero roce en la mejilla. Un suave susurro al oído. Y, finalmente, allí estaba su perseguidor ante ella. Alto y orgulloso, sonriendo con dulzura y autosuficiencia a una mujer arrodillada y derrotada. Giovanna no podía apartar sus ojos de él. Quizás acabara por desaparecer. No podía ser él. Era imposible. Y al mismo tiempo era lo único que tenía sentido.
Joven y agraciado escudero, gran guerrero, perfecto cortesano y consumado músico, cuyo único fallo había sido escoger a la mujer equivocada… no dudaba en proclamar su amor hacia la mujer de su protector, de demostrarlo con sus acciones, intentando conquistarla, embelesándola con sus tonadas de rima fácil y pegadiza, llegando incluso al extremo de colarse en los aposentos privados de la condesa. Cosas de la edad, juegos de adolescentes o ideales trovadorescos lo llamaban mientras dejaban escapar una risa ligera. Y ella les había creído, a pesar de que en su fuero interno veía la fijación de aquel chico, a penas un muchacho imberbe, como un comportamiento propio de un maniaco. Sin previo aviso, estalló la guerra. Conde y escudero partieron junto a todos los demás en busca de su cachito de gloria. Lo que en un principio hubiera servido para templar el carácter del joven, no hizo sino empeorar la situación. La visión de la muerte, el sentimiento de vulnerabilidad y, al mismo tiempo, el descubrimiento de su nueva fuerza y del poder que el cargo de caballero le otorgaba acrecentaron la necesidad que sentía de poseerla, de tenerla a toda costa. De este modo, las cartas que habían comenzado como una forma de desahogarse, pasaron a ser la razón de su existencia. Una vez dejaron de ser suficientes, sus pensamientos se volcaron de lleno en su único rival, en el que había sido como un padre para él.
Su cuerpo, ahora crecido y endurecido con el ejercicio constante, y sus rasgos, abandonada toda la redondez de la infancia, hacían del nuevo hombre un completo desconocido que, sin embargo, Giovanna reconoció sin problemas. Conservaba la misma mirada, la misma expresión, los mismos gestos. Resultados de la obsesión febril que había guiado sus pasos desde la primera vez que la vio asomarse por el balcón.
La situación era demasiado para cualquier persona, más incluso para ella, que se sentía culpable del destino de ese joven. Las barreras de autocontrol se derrumbaron limpiamente cuando la presión se hizo incontenible. El desconsuelo se adueñó de su ser. El pesar inundó sus sentidos. La angustia se llevó su aliento. Giovanna se estaba desmoronando. El temblor de sus manos se extendió por todo su cuerpo sin que el torrente de lágrimas cesara en ningún momento, sin que eso la consolase en modo alguno, haciendo más profundas las heridas que sangraban dentro de ella. Nunca había estado peor. No podía haber algo tan duro. Pero, otra vez, volvía a equivocarse.
Unos brazos, autoritarios y a la par cariñosos, rodearon su cintura y la obligaron a apoyar la cara en el hombro del caballero, donde pudo esconder con facilidad su expresión de total desamparo. Con movimientos rítmicos y constantes su captor intentó tranquilizarla, acunándola, llevándola a un estado de falsa tranquilidad. El hombre dejó que se oyera su profunda voz por primera vez:
Duerme, amor, que todo duerme…
Una nana, lúgubre y trágica en aquella situación, que, sin ella saberlo, repetía cada fibra de su cuerpo. Poco a poco la lenta y acompasada melodía empezó a instalarse en su interior, entrelazándose con su propia serenata, la canción de toda su vida. El miedo y la incertidumbre, hermanos en estos últimos días, se despidieron de ella. Después fueron la impotencia, la rabia, la pasión, el dolor, los remordimientos, la esperanza y luego… nada. Se vació por completo, dejando un cascarón hueco como único recuerdo de una vida pasada. Era una parodia de la existencia. Una muerta en vida. Una sombra con cara de ángel condenada continuar en un mundo que había dejado de ser el suyo. Una autómata que bailara al son del titiritero, una persona nunca más humana.
Ya nada podía herirla. Ya nada emanaba de ella. Ya nada importaba. Ya no quedaba nada.