sábado, junio 23, 2007

¿Quién soy?

Abrió sus ojos a la oscuridad de la noche. No reconoció el lugar en el que estaba tumbada, pero no se sorprendió. No reconocía tampoco la hierba a su alrededor o las ropas que vestía. Ni siquiera se reconocía a si misma. Sólo el cielo, el estrellado espacio que la cubría, le hacía experimentar una sensación familiar de bien estar. Y allí se quedó, admirando la inmensidad de la bóveda celeste, incapaz de expresar la cantidad de cosas que pasaban por su mente, incapaz de acercarse hacia lo desconocido. Pero su cuerpo ansiaba conocer, quería recordar, recuperar su antigua conciencia.

Así se encontró vagando entre las calles de asfalto, sin ningún rumbo, pero con un claro objetivo. Las palabras reaparecieron en su interior, saliendo del escondite en el que habían permanecido presas, dando nombre de nuevo a todo lo que se encontraba a su alrededor: banco, coche, acera, personas… personas con las que se cruzaba, pero que no podían hacer nada por ella. No podía preguntarles, formar la frase que pugnaba por escapar de su garganta, pero que no encontraba el camino para hacerse real.

No se desesperó, ya llegaría el momento de saber. Continuó caminando, siempre hacia delante, mirando hacia atrás, hacia las brumas de un pasado que tenía su hogar entre las sombras de la conciencia dormida. No había tiempo que la apremiase, ni muro que la detuviese. Descubría a cada paso lo que ya sabía, encontraba lo que nunca había perdido mientras que la realidad volvía a adoptar formas conocidas. Y al final las frases se reorganizaron. Como una estrella que acaba de formarse, la pregunta estalló y sus labios susurraron lo que su alma deseaba saber con mayor urgencia: ¿Quién soy? Sólo el silencio la respondía.

Junto con el lenguaje, la mente también fue recuperando la historia de su vida. De vez en cuando imágenes y escenas sobresalían de la corriente general que era su cabeza. Generalmente eran personas cercanas a ella, a las que había conocido y amado, las que le hablaban de algo, sin que ello le aportara algo de luz a su entendimiento. A pesar de haberlo vivido le costó descifrar la escena que más se repetía.

Un hombre y una mujer- “mis padres” pensó ella al instante- se dirigían a ella con cariño y afecto: ‘Serena –“debe de ser mi nombre” se dijo- estamos encantados con tu trabajo como neurocirujano pero, ¿no podrías esperar a que te ofrecieran un trabajo aquí, en España?

No tenía del todo claro la importancia de esta visión pero, como había hecho desde su despertar, esperó a que saltara la chispa necesaria y se centró en lo que aportaba al conocimiento de si misma.

Siguiendo el mimo procedimiento de analizar los episodios que se le mostraban llegó a establecer un orden más o menos coherente de su vida. Pero, aún así, era incapaz de comprender el porqué de su situación.

Se movió entre la gente que llenaba las calles de la ciudad en hora punta. A pesar de que todo el mundo se dirigía comer a algún restaurante cercano en el descanso del trabajo ella no sintió la necesidad de alimentarse, simplemente avanzaba a lo largo de la calle. En el cruce de una angosta calle revivió el que era su último recuerdo: unas luces, un coche y el pensamiento de no poder cumplir una promesa.

Se dirigió al puestecillo más cercano, donde compro todo lo que le hacia falta. A continuación se fue al cementerio de la ciudad y se sentó junto a una tumba como tantas otras. Jamás la había visto ni visitado, pero significaba mucho para ella estar ahí. Mientras colocaba las rosas alrededor de la lápida pensó en todo lo que aquel hombre le había dado. Sólo una frase sirvió de saludo y despedida, de disculpa y de agradecimiento: “Aquí tienes las flores que te prometí”.

Terminada por fin su misión echó un último y largo vistazo a lo que la circundaba y se tumbó tal y como había despertado: boca arriba, mirando el caminar de las nubes a través del atardecer, con la cabeza a pocos centímetros de su propia inscripción. Poco a poco, se fue sumiendo en un profundo y pesado sueño, abandonado la tierra sobre la que se apoyaba. Cuando ya nada la ataba y su conciencia casi se había ido, el miedo inundo lo que quedaba de ella y no pudo evitar, antes de que se separasen las partículas de su ser, preguntarse: “¿Quién soy ahora?”

Sin solución

(Esto surgió en Toledo, que es como una cárcel bonita pero soportando a la familia)

…Todo se paga. Los errores inevitables, los crímenes cometidos, los pequeños desvíos del camino trazado, las ideas contrarias a la regla… Todo se paga, tarde o temprano, porque ellos siempre saben los que haces y lo que no.; siempre vigilan, observan, analizan y actúan en respuesta, maquinando el mejor modo de atarte en su red. Si la falta no es muy grave (asesinato, evasión de impuestos, abusos…), las represalias son menores, pero no pienses en ningún momento que tus “pecados” han sido perdonados o han pasado inadvertidos. Un puesto de trabajo que no consigues, un robo inesperado, la cancelación de tu hipoteca, multas, chantaje, suelen ser las mejores penitencias para los pequeños contratiempos. Para los casos perdidos, los que jamás llegarán a alcanzar el ideal de ciudadano, los que tienen la cabeza llena de esas… ¿como decían?… “egoístas creencias sobre el individualismo que causan conmoción en los más débiles y cuyo único desenlace es el fin de la civilización y, por tanto, el caos absoluto”, es decir, los que difieren con el orden que tanto les beneficia son eliminados de esta civilización.
Lo increíble es que no importa. Los engaños y las desapariciones para perpetuar ese control opresivo, propio de un maniaco, sólo arrancan un encogimiento de hombros en la gran mayoría. Claro, quien va a decir nada con todo lo que se posee actualmente: Uno es libre para obedecer, para contribuir con la sociedad, para acusar a otros, para promocionar el sistema, para producir y gastar, para callar y sonreír, para cerrar los ojos, para entregarlo todo, para perder la identidad. Cualquier otra cosa, es poco recomendable. La propia iniciativa, las aspiraciones, las quejas o simplemente la curiosidad conducen a la autodestrucción, al castigo; y aún así todavía hay soñadores que buscan un error en el sistema, una grieta por la que escapar. Gente que, como yo, aprendió demasiado tarde esta valiosa lección…


Jayia cerró el cuaderno con un fuerte golpe. Dirigió una desagradable sonrisa, entre desafiante y asqueada, a la cámara que había grabado todo lo que iba escribiendo y se marchó por la puerta. No se encontró con nadie de camino al alimentadero. Sólo el zumbido de la maquinaria interrumpía la quietud del edificio mientras la chica pasaba la tarjeta de identificación por el lector y recibía su correspondiente ración de comida diaria. No volvió a su habitación, si no que se sentó en una solitaria mesa cercana, blanca como la silla, como las paredes y el techo, como su ropa, como todo lo que había en esa prisión.
Alguien entró en la sala, pero ella ni levantó la mirada para ver quien era. Ese alguien se acercó al mismo sitió donde Jayia había conseguido segundos antes sus alimentos. Realizó el mismo ritual con la tarjeta y el identificador y después de conseguir lo que había ido a buscar se sentó sorprendentemente en la misma mesa que ella. Tampoco eso hizo que la joven dejara de prestar atención a su alimentación para notificar la llegada del individuo.
- Darren –ignorando las barreras del silencio plantó una mano delante de su cara y se presentó. Perezosamente Jayia miró al dueño de la mano que no la dejaba comer. Un chico de unos veinte años de cabello oscuro y revuelto y unos espectaculares ojos azules escrutaba su reacción desde la silla de enfrente. Se sorprendió a si misma examinándolo ella también , preguntándose si él conseguiría evitar el abotargamiento que se había apoderado del resto de los habitantes “Es nuevo, tiene demasiado reciente su vida anterior como para quererla olvidar voluntariamente junto con las causas de su encarcelamiento, sean las que sean. Espero que siga igual el mes que viene” Hacia tiempo que se había desentendido de los demás residentes, pero este tenía algo diferente, especial, que seguramente se borraría en esa ratonera.
Apartó la mirada con la misma indiferencia con la que la había levantado y continuó con su plato. Terminó de comer y volvió a su habitación sin dirigir ni una palabra al desconocido, sabiendo que otra cosa sería perder el tiempo. Lo más probable era que en unas pocas semanas Darren cambiara radicalmente y dejara de poder considerársele una persona para convertirse en un autómata, con el único deseo de agradar a sus carceleros y conseguir así un pequeño privilegio sobre los demás.