¿Quién soy?
Abrió sus ojos a la oscuridad de la noche. No reconoció el lugar en el que estaba tumbada, pero no se sorprendió. No reconocía tampoco la hierba a su alrededor o las ropas que vestía. Ni siquiera se reconocía a si misma. Sólo el cielo, el estrellado espacio que la cubría, le hacía experimentar una sensación familiar de bien estar. Y allí se quedó, admirando la inmensidad de la bóveda celeste, incapaz de expresar la cantidad de cosas que pasaban por su mente, incapaz de acercarse hacia lo desconocido. Pero su cuerpo ansiaba conocer, quería recordar, recuperar su antigua conciencia.
Así se encontró vagando entre las calles de asfalto, sin ningún rumbo, pero con un claro objetivo. Las palabras reaparecieron en su interior, saliendo del escondite en el que habían permanecido presas, dando nombre de nuevo a todo lo que se encontraba a su alrededor: banco, coche, acera, personas… personas con las que se cruzaba, pero que no podían hacer nada por ella. No podía preguntarles, formar la frase que pugnaba por escapar de su garganta, pero que no encontraba el camino para hacerse real.
No se desesperó, ya llegaría el momento de saber. Continuó caminando, siempre hacia delante, mirando hacia atrás, hacia las brumas de un pasado que tenía su hogar entre las sombras de la conciencia dormida. No había tiempo que la apremiase, ni muro que la detuviese. Descubría a cada paso lo que ya sabía, encontraba lo que nunca había perdido mientras que la realidad volvía a adoptar formas conocidas. Y al final las frases se reorganizaron. Como una estrella que acaba de formarse, la pregunta estalló y sus labios susurraron lo que su alma deseaba saber con mayor urgencia: ¿Quién soy? Sólo el silencio la respondía.
Junto con el lenguaje, la mente también fue recuperando la historia de su vida. De vez en cuando imágenes y escenas sobresalían de la corriente general que era su cabeza. Generalmente eran personas cercanas a ella, a las que había conocido y amado, las que le hablaban de algo, sin que ello le aportara algo de luz a su entendimiento. A pesar de haberlo vivido le costó descifrar la escena que más se repetía.
Un hombre y una mujer- “mis padres” pensó ella al instante- se dirigían a ella con cariño y afecto: ‘Serena –“debe de ser mi nombre” se dijo- estamos encantados con tu trabajo como neurocirujano pero, ¿no podrías esperar a que te ofrecieran un trabajo aquí, en España?
No tenía del todo claro la importancia de esta visión pero, como había hecho desde su despertar, esperó a que saltara la chispa necesaria y se centró en lo que aportaba al conocimiento de si misma.
Siguiendo el mimo procedimiento de analizar los episodios que se le mostraban llegó a establecer un orden más o menos coherente de su vida. Pero, aún así, era incapaz de comprender el porqué de su situación.
Se movió entre la gente que llenaba las calles de la ciudad en hora punta. A pesar de que todo el mundo se dirigía comer a algún restaurante cercano en el descanso del trabajo ella no sintió la necesidad de alimentarse, simplemente avanzaba a lo largo de la calle. En el cruce de una angosta calle revivió el que era su último recuerdo: unas luces, un coche y el pensamiento de no poder cumplir una promesa.
Se dirigió al puestecillo más cercano, donde compro todo lo que le hacia falta. A continuación se fue al cementerio de la ciudad y se sentó junto a una tumba como tantas otras. Jamás la había visto ni visitado, pero significaba mucho para ella estar ahí. Mientras colocaba las rosas alrededor de la lápida pensó en todo lo que aquel hombre le había dado. Sólo una frase sirvió de saludo y despedida, de disculpa y de agradecimiento: “Aquí tienes las flores que te prometí”.
Terminada por fin su misión echó un último y largo vistazo a lo que la circundaba y se tumbó tal y como había despertado: boca arriba, mirando el caminar de las nubes a través del atardecer, con la cabeza a pocos centímetros de su propia inscripción. Poco a poco, se fue sumiendo en un profundo y pesado sueño, abandonado la tierra sobre la que se apoyaba. Cuando ya nada la ataba y su conciencia casi se había ido, el miedo inundo lo que quedaba de ella y no pudo evitar, antes de que se separasen las partículas de su ser, preguntarse: “¿Quién soy ahora?”
