viernes, febrero 08, 2008

Catigo (Parte 2)

“Malos hados son los que te acompañaron, eso es todo” Podía oír las palabras de Martín, palabras sólo pronunciadas en su imaginación. Desde que había ingresado en la casa tenía frecuentes sueños en los que se le aparecían conocidos, escenas corrientes de lo que sería su vida si nada hubiera cambiado.
El último de ellos, sin embargo, era un tanto diferente. Como en todos los demás sueños, este también ocurría en un lugar cotidiano: el café, donde pasaba las tardes más frías de invierno. Allí, entre humo y ruido, se encontraba charlando con su jefe, Martín, sobre cosas banales, de las que ni siquiera recordaba, y, como siempre la conversación derivó en el tema favorito de su superior:

-Y, vamos a ver, Darren, cuando piensas acudir a un recital- su actitud no había cambiado, sentado sin ningún reparo con la piernas sobre la mesa, dueño de la situación, pero el tono de su voz había bajado radicalmente, más confidente, más secreto. Miraba fijamente al muchacho, mostrando la importancia que el asunto le merecía, instándole a admitir su propuesta. Intentaba intimidarle, del mismo modo que hacía con los accionistas inseguros, impidiéndoles pensar con claridad y consiguiendo así un trato bastante favorable e injusto. Pero, como todas las cosas, su método de persuasión tenía un punto débil, que en aquel momento reía para sí mismo, reconociendo su táctica. Vencido, Martín decidió encender un cigarrillo y poder así retirar la mirada manteniendo su dignidad intacta.
Mientras sacaba un pitillo y buscaba su encendedor, el hombre continúo con la conversación, aún sin mirar a Darren, esquivando esa mirada que era capaz de deshacer sus pequeñas y útiles estratagemas.
-¿Qué daño puede hacerte? Desde luego, es mucho más práctico invertir el tiempo allí que en cualquiera de los visores. Puede que allí encuentres respuestas a la mayoría de tus dudas –ahora si que sorprendió al joven. La sinceridad y la preocupación que reflejaban sus ojos, lanzados en un ataque premeditado justo en el momento oportuno, le pilló desprevenido. Incluso llegó a conmoverlo, haciéndole que se replanteara su postura. Al fin y al cabo, Martín no le había dado ningún motivo para dudar de él, podría haberle traicionado mucho antes. Y, si lo que decía era cierto, acudía con regularidad a los recitales, por lo que era tan culpable como él o más…
- No es un lugar tan interesante como lo pintan… -al anciano se le iluminó la cara al adivinar lo que vendría después- Fui a echarle un vistazo el viernes pasado, y no me pareció algo por lo que haya que preocuparse.
-Eso es porque no te enteraste de nada, ¡seguro! Deberías haber esperado una semana, para que pudiera explicarte un poco de que iba la cosa y que era lo que estaban tratando… eres un chico avispado, pero todavía tienes mucho que aprender… aunque es normal que a tu edad prefieras prescindir de los malogrados consejos de un viejo senil –la expresión de falsa decepción quedaba empañada por la radiante sonrisa que no podía ocultar. No sólo por haber logrado su objetivo, sino por saber que había hecho lo que tenía que hacer, por la certeza de que aquello iba a ayudar a su subalterno. En momentos como aquel, Darren estaba seguro de que, de haberlo permitido, habría encontrado en su jefe el padre que le habían negado. Eran patentes la preocupación que el hombre mostraba por el novato, la buena intención de sus consejos y advertencias, y las dificultades que debía superar para mantener en su empresa al más joven, pero a la vez prometedor, vendedor. Pero Darren prefería la invisibilidad, la distancia. Educado para no confiar en nadie, ni siquiera en si mismo, sabía como rodearse de gente sin que ellos supieran quien era, sabía ocultarse de los ojos indiscretos y, lo que era más importante, sabía guardarse sus juicios y opiniones. Como consecuencia, el muchacho recién llegado era conocido por muchos y bien tratado por todos, gracias a sus modales, a su buen parecer y a su carismática actitud, a medio camino entre un artista bohemio, juerguista incansable, y un empresario serio e inteligente hasta lo inimaginable. Su nombre circulaba de boca en boca cuando se anunciaba algún posible ascenso y cuando comentaban alguna venta que parecía imposible. Pero nadie conocía algo más que su apellido y su dirección. Las preguntas sobre su pasado, sus aspiraciones o sus gustos las salvaba fácilmente con una elegante sonrisa y un comentario ingenioso, que hacían cambiar el rumbo de la charla.
-Si no es mucha molestia, –a pesar de todo lo que había vivido, Martín seguía conservando su pasión por el drama y las actuaciones- podría hacer un hueco en su apretada agenda para que su magnifica persona pueda beneficiarte de los conocimientos que poseo sobre esa ilustre asamblea.-viendo que su compañero no estaba de humor, dejó a un lado su mala interpretación- Volver este viernes a otro recital, así cambiara la opinión que tienes.
-¡No! –su voz sonó firme, tajante. En la mesa de al lado, una señora le dedicó una mirada reprobatoria y después volvió a su periódico, todavía molesta por la interrupción. No había sido su intención elevar el tono de voz, pero la escena ya no el parecía acogedora, desenfadada y normal, sino que había descubierto algo extraño, algo diferente, algo insustancial, que le decía que no todo iba bien - No pienso volver por ahí
-Pero, hijo, ¿por qué?- estaba confuso, no imaginaba una reacción tan violenta ante esa petición, que por otro lado, se había convertido ya en una rutina.
“Eso, por qué no… ¿qué ha ocurrido?” se decía a si mismo. Recordó el último viernes… y allí estaba el problema, esa era la pieza que no encajaba
-Hubo una redada… los militares entraron y apresaron a todo el que pudieron… yo no conocía el recinto, así que no tuve opción a huir- notaba como, una vez roto el hechizo del sueño, recuperaba la conciencia.
-Malos hados son los que te acompañan, eso es todo…- su voz era casi un susurro, hasta que desapareció del todo.

Darren se encontró mirando el techo de su habitación con demasiada intensidad, sobretodo teniendo en cuenta que no era más que un trozo de yeso, de un blanco desvaído, sin ningún atractivo o interés. Pero su vista no había estado atenta a esos detalles, sino a las imágenes que su imaginación proyectaba sobre él, imágenes en las que el sueño continuaba… en las que nada había ocurrido, en las que todo seguía igual. Imágenes de una vida pasada que cada vez parecía más lejana e irreal.
Al menos estoy empezando a aceptar mi situación, en ningún otro sueño había aparecido, ni por asomo, el tema de mi encarcelamiento” No sabía si tomárselo como algo bueno o malo, como un signo de que ya era capaz de enfrentarse al problema o de que estaba perdiendo toda esperanza de recuperar lo que había perdido.
Ese nuevo detalle, esa pequeña mención al recital, podía significar su perdición o su salvación… todavía tenía que analizar el sueño, reflexionar sobre lo que ocurría en su subconsciente, sobre cualquier cambio que pudiera haber ocurrido en su interior, sobre el estado en el que se encontraba. Un sueño no es más que una sombra, poco más que polvo, un acto inconsciente de la corteza cerebral, un reflejo del alma; pero, en ocasiones, un sueño puede significarlo todo, y, en la mayoría de las veces, nada.

Sentimientos del animal racional

-¿Alguna vez has sentido ganas de matar a alguien?
Unos enormes ojos le preguntaban, curiosos, brillantes.
No pudo evitarlo, rió. Las palabras no podía haber surgido de sus labios, más probable era que el viento las hubiera susurrado, impaciente por escuchar una conversación. Tal era su inocencia, su expresión de completa indefensión ¿cuántos años tendría? Nadie lo sabia, pero estaba seguro de que jamás crecería, no en el sentido de hacerse adulto y abandonar la niñez.
-Claro, hay cada cual… dan unas ganas de atizarle una buena paliza y no volverlos a ver

Frunció las cejas, pensando. Se le veía un tanto contrariado, como si no entendiese la respuesta.
-No… No era a eso a lo que me refería
Vaya, ahora era el profesor el que escuchaba atentamente, esperando las palabras del discípulo
-Quiero decir… alguna vez… –no sabía como expresarlo exactamente. Decidió cerrar los ojos, y dejar que las palabras se colocasen libremente en sus pensamientos- ¿Has querido que desapareciera alguien?, del mundo digo, que dejase de existir. No, realmente es más que eso- otra vez se enfrentaba a si mismo. Interiormente maldecía el ineficaz lenguaje, el simple acto de la comunicación… ¿Cómo podía alguien liberal de un modo coherente lo que por naturaleza carece de orden? ¿Cómo podía el puro sentir esconderse entra los fonemas? La luz pareció hacerse en su mente. Ya otros habían intentado solucionar el mismo problema. Ya otros habían dejado tras de sí sus obras, testimonios, intentos fallidos, pero arrebatadoramente bellos. El lenguaje hecho arte, arte de humanos imperfectos. El haría lo mismo. Él haría lo mismo, pero a un nivel muy inferior, se corrigió… nunca son buenas las comparaciones – ¿Has deseado ver como la vida se escapa lentamente de una persona, notar como su espíritu abandona el cuerpo y… disfrutar sabiendo que tu mano ensangrentada es la causante de todo esto?

Matar, esa era la pregunta. ¿Alguna vez había anhelado matar a otro ser humano? Reflexionó… qué pregunta más rara. Aún así, no quería romper con su política de sinceridad a la hora de enseñar. La verdad, eso buscaba, y la verdad era lo que le daría. ¿Pero cual era? En un examen superficial, nunca se creería capaz de semejante crimen. Sin embargo, la falta de horror ante dicha expectativa le alarmaba, había más de lo que apreciaba a simple vista.

Se remontó a su infancia, al chico que enturbiaba sus años de juventud. ¿Había deseado matarle? Sí, cuando los puños llovían sobre su pequeño cuerpo indefenso. Cuando su risa resonaba en los pasillos. Cuando su sombra lo perseguía en las interminables pesadillas. Su muerte, en aquellos momentos habría dado cualquier cosa por poseer la fuerza y el poder suficientes para acabar con su mísero caminar.
Después, más rostros resurgieron de los recovecos de la retenida memoria. Las personas variaban, las circunstancias también, pero la sensación se repetía año tras año, irrefrenable, invariable, interminable.

¿Qué debía contestar? ¿Un sí sonaría muy terrible? ¿Le juzgaría? No quería perderle, era demasiado pronto para que su ahijado lo despreciase. ¿Qué intención encerraban sus preguntas? Estudió su rostro, espejo más perfecto de un alma en desarrolló. Un cristal que la expresión de profundo abatimiento tornó opaco. ¿Conocía ya la respuesta? ¿Por eso el rechazo? Sin dudarlo, el que hacia las veces de sabio atravesó la puerta de sus ojos y sólo encontró más pesar, preocupación…y remordimiento.
Imposible, el chico sufría por el simple hecho de ser humano, de sentir como un humano. De querer matar como un humano, un animal racional, pero animal salvaje después de todo.

Empleó el tono más dulce que era capaza de usar, para paliar con el bálsamo de la comprensión el dolor de su interior
-Sí, no debes preocuparte por estos sentimientos. Es normal, toda persona se ha visto arrastrado por ellos. Lo único que te detiene en esos casos es el férreo autodominio – su oyente torció el gesto, había descubierto antes que el maestro que este mentía… era demasiado perspicaz- No vas a permitirme ninguna licencia poética, ¿verdad? Bueno, si conoces la respuesta para que me preguntas –se enojó, no pudo evitarlo… se estaba juzgando a sí mismo, y no le gustaba lo que encontraba- Lo único que detiene la mano de un asesino es el miedo a las represalias. No sólo el castigo impuesto por las leyes, sino también el hecho de tener que huir, el abandono, la incomprensión. El miedo, eso es lo que para la violencia. Antes era el miedo a alguien más grande y fuerte. Ahora el progreso ha permitido que estos se refinen, que puedan cubrir muchos otros ámbitos.-la ironía y la amargura impregnaban cada sonido, cubriendo la mente del hablador, cegándole. Así, apenas prestó atención al muchacho que tenía delante.- Esto es lo que se conoce por civilización.

El hombre se permitió volver a su habitación, y deseó fervientemente no haberse escabullido jamás, no haberse lanzado a su pasado, aceptando las sombras universales que le acechaban (y que siempre había preferido ignorar). Entonces pudo darse cuenta: no pretendía reprenderle con ese gesto torcido, era una reacción instintiva ante las implicaciones de su afirmación. El joven no se había planteado jamás el acabar con otro, alguien debió de haber soltado algún juramento cuando se encontraba presente, invitándole a preguntar, a indagar. Como hacía siempre que no estaba seguro de algo. Sin embargo, esta vez esperaba más bien una simple aclaración, una confirmación de que asesinar no entraba tan facilmente en la cabeza del hombre y, tal vez después, con un poco de suerte, un pequeño debate sobre los significados metafóricos de las expresiones, y las exageraciones que acompañan inevitablemente todo acto de comunicación.

Lo que antes había sido un chico alegre se había convertido en la viva imagen de la desesperación. Horror, ¿en que mundo de monstruos vivía? ¿Y esa humanidad fingida, ese pretexto hacia la perfección, no eran más que bestias entonces? Se encogió sobre si mismo, tratando, en vano, de protegerse de con sus delicados brazos de un enemigo inexistente. El mundo se había convertido de pronto en un jardín salvaje, y en cualquier momento alguno de sus habitantes se lanzaría sobre la presa.

-Matar… -consiguió articular entre susurros. - No bromeaban, querían hacerlo. Todos quieren, ¿tan mísero es el valor de la vida? Pero –su cerebro apenas podía asimilarlo, ya que el alma, encargada de los sentimientos que ahora mismo le acosaban, no podía existir si aceptaba las recién descubiertas verdades.

Demasiado tarde, el anciano se dio cuenta de su error. Era un niño, no un hombre. Y, a partir de ese instante, sería un loco.

Desde el altar de marfil

Un recatado jardín daba cobijo a la insigne figura. Resguardada a la sombra de uno de los múltiples olmos, se inclinaba graciosamente sobre su lectura del día. No demasiado rígida como para parecer vanidosa e incomoda en su presunción, ni tampoco excesivamente encogida, como los pobres analfabetos que se afanan por descubrir los secretos que no pueden comprender. Perfecta, esa era la palabra que definía su postura, modélica, ejemplar.
Pasaba las páginas de Romeo y Julieta, el libro adecuado para las jóvenes de su edad, con una serenidad impropia en una persona. Sus ojos brillaban mientras seguía el ritmo de las palabras, y una ligera sonrisa, ni estúpida ni coqueta, asomaba en sus labios. La tranquilidad, la inteligencia y el entendimiento hacían esto posible
Todo el entorno se concentraba en su estampa, o, más bien, solo existía gracias a la presencia que iba a visitarlo. Era imposible no fijarse en ella, que, sin estar en el centro, ocupaba un lugar privilegiado en la escena. No se movía apenas, pero daba vida al mundo que la rodeaba; sus pensamientos nada tenían que ver con el funcionamiento del sol o el cielo, pero el atardecer cobrizo que tenia lugar era un cántico a su persona.

Belleza, elegancia, armonía, sabiduría, términos que no se entendían sin ella. Oh, ser celestial, ¿cómo podías caminar por tan corruptos caminos?

Uno de ellos se adelantó osadamente, como dispuesto a convertir estos, sus pensamientos, en bellos versos con los que agasajarla. Lo primero con lo que se toparon sus pies fue una de esas hojas muertas, caídas durante la estación de otoño. Atraídos por el ruido, los ojos de la muchacha se levantaron con natural armonía, atrapando al chico en sus profundas simas. Nervioso por tan repentina atención, solo puedo volver a refugiarse en el anonimato del grupo que le acompañaba.

Ella, por otro lado, fue incapaz de volver a su quehacer. Otra vez, una decepción, que en su papel de cortesana no podía demostrar. Él estuvo a punto de decirle algo. “¿Qué sería? ¿Por qué se ha parado tan de repente? ¿Será culpa mía? ¿Tanto asusta mi alma?”
Impotencia, seguramente no era más que un discurso vacío, cubiertos sus agujeros con las florituras de la poesía. Una nunca deja de creer, de esperar, a pesar de lo poco que cambia todo.
Con la seguridad de alguien a quien nunca se le ha negado nada abiertamente, contempló al grupo que se encontraba a pocos metros de ella. Sus ocasionales miradas de reojo demostraban el motivo de su presencia en ese lugar: ella. Se habían congregado para observarla a lo lejos, como espías en una misión, como intrusos en casa ajena.
Sus facciones no dejaron traslucir el enojo que le causaba dicho comportamiento. “No soy un mono de feria, ¿tan difícil es de entender? ¿Por qué no habláis conmigo?... como harías con cualquier otra, como hacéis normalmente”


Quiso acercarse pero se contuvo. Nadie se acercaba a ella; nadie dejaba que se acercara. En cuanto se incorporaba a un grupo, o cuando comenzaba una conversación, todos se escondían tras sus propias mascaras de hipocresía, adulación y corrección. Todos conocían sus gustos, sus preferencias, y las frases que gustaba oír en cada momento. La adoraban, y con su adoración la alejaban de su mundo. Pues, ¿quien tiene la osadía de tratar con los dioses? ¿Quién es digno de mostrarse tal cual es? Se decían, incapaces de soportar la carga de sus defectos, que parecía aumentar en su presencia.
¿Quién puede aceptarse a si mismo cuando su reflejo proviene de un espejo herrumbroso de bronce iluminado por los rayos dorados del sol?
Dos lágrimas peregrinas rodaron por sus mejillas, manifestantes contra la soledad impuesta. Al menos el sol tenía una luna en la que poder contemplarse, a la que poder amar en la lejanía. Su compañera, su sustento, su pequeña alegría. ¿Dónde estaba su Luna? Tal vez oculta tras el disfraz de uno de esos títeres que jugaban a ser reyes en sus tierras. Una sonrisa de auto desprecio enturbio su rostro inmaculado “Desengáñate,” escribía Bécquer “así no te querrán”. Cuanta razón tenía, esos seres eran incapaces de amarse entre ellos, ¿cómo podía pretender entonces que alguno la amase a ella? Una desconocida, un espectáculo, una perfección que hería sus ojos y oscurecía la ya sucia existencia de los que habían vendido sus almas.
Como se equivocaba el poeta también… adoración, adoración… eso no es amor, no calienta, no sustenta el alma. Solo la enfría y entumece, alejándola de todo.

Sus pensamientos volvieron a ser interrumpidos por una presencia ajena a su persona. Era el mismo chico de antes, si no se equivocaba. “El cobarde… sólo se atreve a mirar”
Un reto, eso era lo que lanzaba su mirada. “Ven si te atreves, joven príncipe. ¿Acaso no me adoras? ¿No dices amarme? Ven y defiende tus palabras, recoge el fruto de tu trabajo”
Temeroso, pero con la honra (siempre tan exigente) tirando de él, no tuvo más remedio que aceptar el desafió que se intuía en su repentino interés.
Y, así, pretendiendo hacer leyenda, queriendo mostrar al mundo su valía, se planto delante de la diosa la de plata, la muchacha sin nombre, la dama sin títulos, y cantó para ella. Cantó para la imagen que de ella poseía, proyección de su propio ego alimentado durante generaciones.

“En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto
y que vuestro mirar, ardiente, honesto
con clara luz la tempestad serena…


Cuántas veces se vería obligada a escuchar lo mismo, oculto tras versos distintos, en bocas de dueños diferentes. Cuántas veces la poesía iba a convertirse de nuevo en la jaula de oro que cada vez se elevaba más alto. Era joven, pero ya la habían arrancado las ilusiones, condenada de por vida a ese pedestal al que la habían subido en contra de su voluntad. Y en el que habría de morir, añorando la brisa templada de la tierra cuando las nubes pasasen por debajo de lo que no podía considerarse un hogar.

Huyó, huyó todo lo rápido que se puede huir sin perder el decoro. Y una vez en su habitación, sola de nuevo, intento recomponer los trozos de una esperanza que las palabras de un necio habían destrozado

¿Qué hice mal?

Abrir los ojos, respirar, pensar, reaccionar. Lo mismo de todos los días, pero, esta vez, completamente distinto. Una ligera neblina cubría la habitación en la que había estado durmiendo, débiles restos de la noche que expiraba. Miró el despertador, todavía quedaba casi una hora para levantarse, y aún así, su descanso se había interrumpido. ¿Por qué?
Volvió a tumbarse, pero el sueño se negó a acudir de nuevo en su auxilio. La mirada perdida, contemplando el techo, mientras su cuerpo permanecía inmóvil, buscando pero sin saber el que. Algo no andaba del todo bien.

Rememoró las últimas horas antes de acostarse en un intento de averiguar el agente provocador de todo aquello. Apenas había nada que destacar. Como todas las noches se encontraba en el comedor, junto al resto de pacientes, esperando la ración correspondiente de nutrientes. Conversaciones y risas, dentro de un perfecto orden, para amenizar la velada. Sin incidencias. La comida tampoco fue algo del otro mundo, un plato para llenar el estomago, sin ser suficientemente pesado como para desvelar a los que sentaban a la mesa.
Otro pequeño interludio, apenas unos minutos de descanso, antes de situarse en la siguiente cola. Las bandejas se sustituían por diminutos vasos, y la atmósfera, hasta entonces placida y agradable, se enturbiaba con la certeza de estar aproximándose con cada paso a un destino inexorable pero no del todo deseado. Ningún cambio en la rutina.
Al igual que cada día, recibió las pastillas que le tocaban junto con una breve explicación sobre el orden y el tiempo entre cada dosis. No dio las gracias al ser humano de ojos apagados que se encargaba de tan penosa tarea. No le habían enseñado a hacerlo y, por consiguiente, carecía de sentido desperdiciar el respeto y la educación.
A continuación, seguir el camino de siempre: atravesar el comedor, continuar por el largo y estrecho pasillo, esquivar al resto de compañeros y llegar finalmente a la habitación. Acostumbrarse a la repentina penumbra del cuerto, el único lugar que no parecía estar inundado por un blanco inmaculado del que no se salvaba en ningún momento la pupila. Y después… claro, ¿quién abrió la puerta en ese momento? Lo había olvidado. Daba igual, acababa de encontrar lo que buscaba. La fuerza del impacto, cuando la madera golpeó duramente su espalda, desparramó gran parte de su medicación. Aunque en ese momento creyó haber recogido todas las píldoras, de acuerdo con las evidencias, se equivocaba.
Decidió pasar a la acción y, con cierta precipitación, se arrodilló cerca de su mesa. A primera vista le resulto imposible diferenciar nada en el frío suelo de mármol. No se rindió, y a los pocos minutos obtuvo su fruto, un pequeño objeto, de apenas una pulgadas, que sostenía entre sus dedos. Miró ambos lados, para asegurarse de que seguía solo en el cuarto. Habría oído a cualquier nuevo invitado, sin embargo, no podía correr riesgos. Debía tomarse el minúsculo comprimido antes de que alguien se percatase de su error. Temblaba solo de pensar en el castigo, era más que el simple pavor. Y, aún así, algo detuvo su brazo cuando la píldora casi rozaba su lengua.
¿Qué era eso nuevo que asomaba a su mente? Rebeldía, no estaba seguro, pero no quería tomar el medicamento. Lo observó minuciosamente, suspicaz. ¿Cuál era su composición exacta? ¿Y su cometido? Nunca se lo habían explicado y, por consiguiente, ignoraba la respuesta. Por primera vez, se pregunto cómo había permitido hasta entonces que gente a la que no conocía y, ahora lo sabía, en la que no confiaba jugasen de ese modo con él. Se sorprendía de sus pensamientos, pero todavía se sorprendía más de la falta de ellos hasta ese momento. Control, ¿era eso lo que hacía entonces? No, era algo mucho más sutil, sugestión, convicción. Fuera lo que fuese, no estaba dispuesto a continuar con la función.
Sin mayor ceremonia, abrió la tapa del urinario y arrojó la píldora a su funesto destino. La cadena se encargó de acabar con todas las pruebas.


Guiado por la costumbre, esa mañana también se amoldó a su itinerario, el mismo que el de todos los internos. La imagen que, desde hacia tantos años, había contemplado se le antojó extrañamente perturbadora. Una multitud, recién levantada, que con las ropas limpias para empezar el día se arremolinaba en el pasillo para comenzar con sus tareas. Arremolinarse. No, definitivamente esa no era la palabra. Una insólita pasividad lo llenaba todo, lo dominaba y dotaba a la escena de la quietud propia de esas fotos que, de un modo artificioso, eran capaces de plasmar sobre el papel una sombra del movimiento. Inquietante y, en cierto modo, aterrador. No era el silencio reparador que, según se decía, reinaba en los monasterios, sino la ignorancia de los corderos.
Sí, sólo en ganado se podía pensar al contemplar la entrada de sus compañeros en la sala asignada. Conversaciones medidas al milímetro, gestos huecos, existencias sin rumbo. Sintió su propio vacío interior, el fruto de los años de fuertes medicamentos. Una vida malgastada, una falta de recuerdos, la desaparición de toda personalidad. O, más aún, no recordar siquiera haberla poseído. ¿Qué contenía su cerebro que mereciera un tratamiento tan extremo? ¿Compartían todos ellos el mismo trastorno? ¿Tanta coincidencia existía?… Algún mal pasado, ¿un castigo?, ¿una sentencia? Entonces que…
Sus pensamientos quedaron a medio formular, interrumpidos por el instructor de ese día. Traía el tratamiento de turno bajo el brazo, el nuevo mecanismo que moldearía sus mentes para convertirlas en cabezas sanas, que bailasen al son de la música correcta. ¿Cómo estaban todos tan dispuestos a borrar su memoria? ¿Cómo podían entregarle así su vida? Lo que habían sido. Lo que podían ser
“Lo que yo soy” Se veía reflejado en cada rostro que miraba. Su sentencia, la misma de todos. Su camino, trazado desde el momento en que deposito su alma y dejó que, con la ayuda de la química, abandonara su cuerpo.
El único que no vestía de blanco se detuvo en su terapia. Lo había detectado, el cambio, la diferencia. Y sabía quien lo encarnaba.
La expresión de su cara lo decía todo: locura. Eso era lo que el hombre veía en su angustiado rostro, en el movimiento frenético, en el respirar agitado. Una recaída.
Intentó no moverse cuando la imponente figura se acercó, paso a paso. Sus ropas, que le separaban de los enfermos, le concedían un aire espeluznante que no conseguía apagar con una gélida sonrisa.
Se controló lo mejor que pudo y, apoyado en todos los años que llevaba haciendo lo mismo bajo la atenta mirada de los que le vigilaban, intentó actuar con normalidad
-Buenos días, profesor,- respeto, educación, eso debía mostrar un estudiante
Sus ojos suplicaban al pedagogo que le creyese, que no dudase de su sinceridad, que le perdonase. Sus ojos le delataban, si su actitud anterior no era ya suficiente prueba.
No le costó nada al tutor dejar unas cuantas actividades para el resto de alumnos y llevárselo fuera del aula. No traslucía nada, haciendo imposible suponer cual iba a ser su siguiente movimiento.
Nada más cerrar la puerta, sus manos se hicieron con un cuaderno. Era bastante corriente, ni grande ni pequeño, pero en nada se parecía a la libreta que utilizaba en sus clases.
-Parece que la cantidad diaria es insuficiente. –Se refería al tratamiento - O tal vez te has saltado una toma.-aunque utilizaba la segunda persona, su discurso se asemejaba más bien a un monólogo interior, mientras escribía imperturbablemente y sin descanso- De todas formas, vamos a aumentarte la dosis, es lo único que puede ayudarte
Del bolsillo de la bata sacó un comprimido y se lo ofreció sin ningún miramiento. No concebía la posibilidad de que lo rechazase, era incapaz de asumir que el chico que tenía delante pudiera pensar algo más que lo que ellos le habían inculcado.
Sin embargo, no reaccionó de ningún modo especial cuando este se negó, formando en sus labios el monosílabo “No”
Detuvo tranquilamente el bolígrafo y se enfrentó al chico que tenía delante.
-No se que danza en esa cabeza tuya, pero esta es la solución. La única opción realmente –quiso interrumpir, pero le fue imposible cortar el torrente de palabras que salían suavemente de su interlocutor – El método funciona, se ha probado en diversas generaciones, produciendo miembros útiles para el mundo. Las cosas han cambiado mucho en los últimos años, hemos avanzado, mejorado, y la enseñanza más que ningún otro campo. –cambió de táctica, tratando de conseguir con el desconcierto, la aceptación- No hay más que contemplar este centro: antes lo llevaban unas dulces monjitas, que se encargaban de guiar y ayudar a los jóvenes estudiantes que acudían al colegio. Ahora ya no están. ¿Por qué? –“Porque las echasteis, no podíais tener competencia alguna” tampoco consiguió trasmitir sus pensamientos esa vez- No salió bien, los niños, rebeldes por naturaleza, cometían fallos, y se equivocaban. No eran perfectos. La sociedad no necesita que se la eduque, sino mentes sanas que cumplan con su cometido. Y para eso, debemos crear estas mentes, como quien borra el espacio mal aprovechado para poder llenarlo de lo verdaderamente útil.
Mientras hablaba, dos figuras más habían a aparecido, y se aproximaban para controlar el incidente.
¿Qué podía hacer ante todos ellos? Si no eran suficientes para neutralizarlo otros se sumarían al grupo. La batalla estaba perdida antes incluso de haberse planteado. ¿Qué podía hacer una única persona ante toda una institución que incluso había acabado con un colegio ya asentado?
Tragó, y el sabor amargo de la pastilla se mezcló con el de su propio corazón derrotado. Después, la inconsciencia, el olvido.