Catigo (Parte 2)
“Malos hados son los que te acompañaron, eso es todo” Podía oír las palabras de Martín, palabras sólo pronunciadas en su imaginación. Desde que había ingresado en la casa tenía frecuentes sueños en los que se le aparecían conocidos, escenas corrientes de lo que sería su vida si nada hubiera cambiado.
El último de ellos, sin embargo, era un tanto diferente. Como en todos los demás sueños, este también ocurría en un lugar cotidiano: el café, donde pasaba las tardes más frías de invierno. Allí, entre humo y ruido, se encontraba charlando con su jefe, Martín, sobre cosas banales, de las que ni siquiera recordaba, y, como siempre la conversación derivó en el tema favorito de su superior:
-Y, vamos a ver, Darren, cuando piensas acudir a un recital- su actitud no había cambiado, sentado sin ningún reparo con la piernas sobre la mesa, dueño de la situación, pero el tono de su voz había bajado radicalmente, más confidente, más secreto. Miraba fijamente al muchacho, mostrando la importancia que el asunto le merecía, instándole a admitir su propuesta. Intentaba intimidarle, del mismo modo que hacía con los accionistas inseguros, impidiéndoles pensar con claridad y consiguiendo así un trato bastante favorable e injusto. Pero, como todas las cosas, su método de persuasión tenía un punto débil, que en aquel momento reía para sí mismo, reconociendo su táctica. Vencido, Martín decidió encender un cigarrillo y poder así retirar la mirada manteniendo su dignidad intacta.
Mientras sacaba un pitillo y buscaba su encendedor, el hombre continúo con la conversación, aún sin mirar a Darren, esquivando esa mirada que era capaz de deshacer sus pequeñas y útiles estratagemas.
-¿Qué daño puede hacerte? Desde luego, es mucho más práctico invertir el tiempo allí que en cualquiera de los visores. Puede que allí encuentres respuestas a la mayoría de tus dudas –ahora si que sorprendió al joven. La sinceridad y la preocupación que reflejaban sus ojos, lanzados en un ataque premeditado justo en el momento oportuno, le pilló desprevenido. Incluso llegó a conmoverlo, haciéndole que se replanteara su postura. Al fin y al cabo, Martín no le había dado ningún motivo para dudar de él, podría haberle traicionado mucho antes. Y, si lo que decía era cierto, acudía con regularidad a los recitales, por lo que era tan culpable como él o más…
- No es un lugar tan interesante como lo pintan… -al anciano se le iluminó la cara al adivinar lo que vendría después- Fui a echarle un vistazo el viernes pasado, y no me pareció algo por lo que haya que preocuparse.
-Eso es porque no te enteraste de nada, ¡seguro! Deberías haber esperado una semana, para que pudiera explicarte un poco de que iba la cosa y que era lo que estaban tratando… eres un chico avispado, pero todavía tienes mucho que aprender… aunque es normal que a tu edad prefieras prescindir de los malogrados consejos de un viejo senil –la expresión de falsa decepción quedaba empañada por la radiante sonrisa que no podía ocultar. No sólo por haber logrado su objetivo, sino por saber que había hecho lo que tenía que hacer, por la certeza de que aquello iba a ayudar a su subalterno. En momentos como aquel, Darren estaba seguro de que, de haberlo permitido, habría encontrado en su jefe el padre que le habían negado. Eran patentes la preocupación que el hombre mostraba por el novato, la buena intención de sus consejos y advertencias, y las dificultades que debía superar para mantener en su empresa al más joven, pero a la vez prometedor, vendedor. Pero Darren prefería la invisibilidad, la distancia. Educado para no confiar en nadie, ni siquiera en si mismo, sabía como rodearse de gente sin que ellos supieran quien era, sabía ocultarse de los ojos indiscretos y, lo que era más importante, sabía guardarse sus juicios y opiniones. Como consecuencia, el muchacho recién llegado era conocido por muchos y bien tratado por todos, gracias a sus modales, a su buen parecer y a su carismática actitud, a medio camino entre un artista bohemio, juerguista incansable, y un empresario serio e inteligente hasta lo inimaginable. Su nombre circulaba de boca en boca cuando se anunciaba algún posible ascenso y cuando comentaban alguna venta que parecía imposible. Pero nadie conocía algo más que su apellido y su dirección. Las preguntas sobre su pasado, sus aspiraciones o sus gustos las salvaba fácilmente con una elegante sonrisa y un comentario ingenioso, que hacían cambiar el rumbo de la charla.
-Si no es mucha molestia, –a pesar de todo lo que había vivido, Martín seguía conservando su pasión por el drama y las actuaciones- podría hacer un hueco en su apretada agenda para que su magnifica persona pueda beneficiarte de los conocimientos que poseo sobre esa ilustre asamblea.-viendo que su compañero no estaba de humor, dejó a un lado su mala interpretación- Volver este viernes a otro recital, así cambiara la opinión que tienes.
-¡No! –su voz sonó firme, tajante. En la mesa de al lado, una señora le dedicó una mirada reprobatoria y después volvió a su periódico, todavía molesta por la interrupción. No había sido su intención elevar el tono de voz, pero la escena ya no el parecía acogedora, desenfadada y normal, sino que había descubierto algo extraño, algo diferente, algo insustancial, que le decía que no todo iba bien - No pienso volver por ahí
-Pero, hijo, ¿por qué?- estaba confuso, no imaginaba una reacción tan violenta ante esa petición, que por otro lado, se había convertido ya en una rutina.
“Eso, por qué no… ¿qué ha ocurrido?” se decía a si mismo. Recordó el último viernes… y allí estaba el problema, esa era la pieza que no encajaba
-Hubo una redada… los militares entraron y apresaron a todo el que pudieron… yo no conocía el recinto, así que no tuve opción a huir- notaba como, una vez roto el hechizo del sueño, recuperaba la conciencia.
-Malos hados son los que te acompañan, eso es todo…- su voz era casi un susurro, hasta que desapareció del todo.
Darren se encontró mirando el techo de su habitación con demasiada intensidad, sobretodo teniendo en cuenta que no era más que un trozo de yeso, de un blanco desvaído, sin ningún atractivo o interés. Pero su vista no había estado atenta a esos detalles, sino a las imágenes que su imaginación proyectaba sobre él, imágenes en las que el sueño continuaba… en las que nada había ocurrido, en las que todo seguía igual. Imágenes de una vida pasada que cada vez parecía más lejana e irreal.
“Al menos estoy empezando a aceptar mi situación, en ningún otro sueño había aparecido, ni por asomo, el tema de mi encarcelamiento” No sabía si tomárselo como algo bueno o malo, como un signo de que ya era capaz de enfrentarse al problema o de que estaba perdiendo toda esperanza de recuperar lo que había perdido.
Ese nuevo detalle, esa pequeña mención al recital, podía significar su perdición o su salvación… todavía tenía que analizar el sueño, reflexionar sobre lo que ocurría en su subconsciente, sobre cualquier cambio que pudiera haber ocurrido en su interior, sobre el estado en el que se encontraba. Un sueño no es más que una sombra, poco más que polvo, un acto inconsciente de la corteza cerebral, un reflejo del alma; pero, en ocasiones, un sueño puede significarlo todo, y, en la mayoría de las veces, nada.
