viernes, febrero 08, 2008

Sentimientos del animal racional

-¿Alguna vez has sentido ganas de matar a alguien?
Unos enormes ojos le preguntaban, curiosos, brillantes.
No pudo evitarlo, rió. Las palabras no podía haber surgido de sus labios, más probable era que el viento las hubiera susurrado, impaciente por escuchar una conversación. Tal era su inocencia, su expresión de completa indefensión ¿cuántos años tendría? Nadie lo sabia, pero estaba seguro de que jamás crecería, no en el sentido de hacerse adulto y abandonar la niñez.
-Claro, hay cada cual… dan unas ganas de atizarle una buena paliza y no volverlos a ver

Frunció las cejas, pensando. Se le veía un tanto contrariado, como si no entendiese la respuesta.
-No… No era a eso a lo que me refería
Vaya, ahora era el profesor el que escuchaba atentamente, esperando las palabras del discípulo
-Quiero decir… alguna vez… –no sabía como expresarlo exactamente. Decidió cerrar los ojos, y dejar que las palabras se colocasen libremente en sus pensamientos- ¿Has querido que desapareciera alguien?, del mundo digo, que dejase de existir. No, realmente es más que eso- otra vez se enfrentaba a si mismo. Interiormente maldecía el ineficaz lenguaje, el simple acto de la comunicación… ¿Cómo podía alguien liberal de un modo coherente lo que por naturaleza carece de orden? ¿Cómo podía el puro sentir esconderse entra los fonemas? La luz pareció hacerse en su mente. Ya otros habían intentado solucionar el mismo problema. Ya otros habían dejado tras de sí sus obras, testimonios, intentos fallidos, pero arrebatadoramente bellos. El lenguaje hecho arte, arte de humanos imperfectos. El haría lo mismo. Él haría lo mismo, pero a un nivel muy inferior, se corrigió… nunca son buenas las comparaciones – ¿Has deseado ver como la vida se escapa lentamente de una persona, notar como su espíritu abandona el cuerpo y… disfrutar sabiendo que tu mano ensangrentada es la causante de todo esto?

Matar, esa era la pregunta. ¿Alguna vez había anhelado matar a otro ser humano? Reflexionó… qué pregunta más rara. Aún así, no quería romper con su política de sinceridad a la hora de enseñar. La verdad, eso buscaba, y la verdad era lo que le daría. ¿Pero cual era? En un examen superficial, nunca se creería capaz de semejante crimen. Sin embargo, la falta de horror ante dicha expectativa le alarmaba, había más de lo que apreciaba a simple vista.

Se remontó a su infancia, al chico que enturbiaba sus años de juventud. ¿Había deseado matarle? Sí, cuando los puños llovían sobre su pequeño cuerpo indefenso. Cuando su risa resonaba en los pasillos. Cuando su sombra lo perseguía en las interminables pesadillas. Su muerte, en aquellos momentos habría dado cualquier cosa por poseer la fuerza y el poder suficientes para acabar con su mísero caminar.
Después, más rostros resurgieron de los recovecos de la retenida memoria. Las personas variaban, las circunstancias también, pero la sensación se repetía año tras año, irrefrenable, invariable, interminable.

¿Qué debía contestar? ¿Un sí sonaría muy terrible? ¿Le juzgaría? No quería perderle, era demasiado pronto para que su ahijado lo despreciase. ¿Qué intención encerraban sus preguntas? Estudió su rostro, espejo más perfecto de un alma en desarrolló. Un cristal que la expresión de profundo abatimiento tornó opaco. ¿Conocía ya la respuesta? ¿Por eso el rechazo? Sin dudarlo, el que hacia las veces de sabio atravesó la puerta de sus ojos y sólo encontró más pesar, preocupación…y remordimiento.
Imposible, el chico sufría por el simple hecho de ser humano, de sentir como un humano. De querer matar como un humano, un animal racional, pero animal salvaje después de todo.

Empleó el tono más dulce que era capaza de usar, para paliar con el bálsamo de la comprensión el dolor de su interior
-Sí, no debes preocuparte por estos sentimientos. Es normal, toda persona se ha visto arrastrado por ellos. Lo único que te detiene en esos casos es el férreo autodominio – su oyente torció el gesto, había descubierto antes que el maestro que este mentía… era demasiado perspicaz- No vas a permitirme ninguna licencia poética, ¿verdad? Bueno, si conoces la respuesta para que me preguntas –se enojó, no pudo evitarlo… se estaba juzgando a sí mismo, y no le gustaba lo que encontraba- Lo único que detiene la mano de un asesino es el miedo a las represalias. No sólo el castigo impuesto por las leyes, sino también el hecho de tener que huir, el abandono, la incomprensión. El miedo, eso es lo que para la violencia. Antes era el miedo a alguien más grande y fuerte. Ahora el progreso ha permitido que estos se refinen, que puedan cubrir muchos otros ámbitos.-la ironía y la amargura impregnaban cada sonido, cubriendo la mente del hablador, cegándole. Así, apenas prestó atención al muchacho que tenía delante.- Esto es lo que se conoce por civilización.

El hombre se permitió volver a su habitación, y deseó fervientemente no haberse escabullido jamás, no haberse lanzado a su pasado, aceptando las sombras universales que le acechaban (y que siempre había preferido ignorar). Entonces pudo darse cuenta: no pretendía reprenderle con ese gesto torcido, era una reacción instintiva ante las implicaciones de su afirmación. El joven no se había planteado jamás el acabar con otro, alguien debió de haber soltado algún juramento cuando se encontraba presente, invitándole a preguntar, a indagar. Como hacía siempre que no estaba seguro de algo. Sin embargo, esta vez esperaba más bien una simple aclaración, una confirmación de que asesinar no entraba tan facilmente en la cabeza del hombre y, tal vez después, con un poco de suerte, un pequeño debate sobre los significados metafóricos de las expresiones, y las exageraciones que acompañan inevitablemente todo acto de comunicación.

Lo que antes había sido un chico alegre se había convertido en la viva imagen de la desesperación. Horror, ¿en que mundo de monstruos vivía? ¿Y esa humanidad fingida, ese pretexto hacia la perfección, no eran más que bestias entonces? Se encogió sobre si mismo, tratando, en vano, de protegerse de con sus delicados brazos de un enemigo inexistente. El mundo se había convertido de pronto en un jardín salvaje, y en cualquier momento alguno de sus habitantes se lanzaría sobre la presa.

-Matar… -consiguió articular entre susurros. - No bromeaban, querían hacerlo. Todos quieren, ¿tan mísero es el valor de la vida? Pero –su cerebro apenas podía asimilarlo, ya que el alma, encargada de los sentimientos que ahora mismo le acosaban, no podía existir si aceptaba las recién descubiertas verdades.

Demasiado tarde, el anciano se dio cuenta de su error. Era un niño, no un hombre. Y, a partir de ese instante, sería un loco.

1 comentario:

Liar dijo...
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